Welsungsraum

"Hazte fuerte en los viejos sueños para que nuestro mundo no pierda la esperanza". Ezra Pound "Ich lehre euch den Übermenschen. Der Mensch ist Etwas, das überwunden werden soll. Was habt ihr getan, ihn zu überwinden?". Nietzsche

lunes, mayo 19, 2008

CUESTIÓN DE HONOR


El 1 de mayo de 2008 murió en Altenahr, Alemania, el barón Phillip von Böselager. ¿Cuál es el mérito por el cual la prensa mundial anunció su muerte? Se le señala como el último oficial alemán que sobrevivía hasta la fecha, del grupo que conjuró contra Hitler.

En “La Tercera” (diario chileno, N. del E. ), del 11 de mayo se publicó una entrevista realizada para el diario español “El País”, bajo el título “Matar a Hitler era una cuestión de honor”.

En esa entrevista se le pregunta cómo era Hitler, ya que Böselager pudo conocerlo, debido a que era ayudante del general von Kluge, comandante del Grupo de Ejércitos Centro, en el frente oriental, entre 1942 y 1943. Böselager señala que no es objetivo en su opinión, pero no tiene inconvenientes en seguir adelante y señalar que Hitler no lo había impresionado. Sólo se había sentido empequeñecido ante el despliegue de guardaespaldas SS.

Se le consulta a Böselager sobre el carisma de Hitler, reconocido mundialmente por seguidores y adversarios. Pero no. El barón declara no haber sentido ese carisma, y mezcla el asunto con la muerte de un primo supuestamente a manos de la Gestapo en 1938 y con el concordato entre Alemania y el Vaticano.

Más adelante señala que el hecho que lo movió a complotar derechamente contra su comandante supremo y jefe de Estado fue la muerte por fusilamiento de cinco gitanos, por parte de las SS. El punto no fue el fusilamiento, sino que esa ejecución se habría producido sin que mediara un juicio.

El puntilloso Böselager no nos explica por qué no llevó el asunto a la justicia militar, para castigar esa presunta ilegalidad. Sin embargo, eso era suficiente para conjurar contra Hitler y planificar su asesinato. Algo así como una especie de duda moral se le aparece cuando, en la entrevista, declara: “Asesinar a sangre fría al jefe del Estado, al que como oficial le había prestado juramento de fidelidad. Millones de compatriotas y de soldados creían en Adolf Hitler. Siempre es duro matar a alguien de cerca, no en un acto de guerra, asesinarlo”.

Sin embargo, la fe y las ilusiones de millones de alemanes no contaron para el barón von Böselager, ni siquiera el juramento de lealtad al Führer, y siguió adelante.

La palabra “Lager”, en alemán, tiene diversos significados, pero el usual se refiere a “campamento” o “campo”. Por su parte, el adjetivo “böse” es notoriamente negativo: dañino, malvado, maligno, perverso. “Böselager” significa, en una traducción literal, “campamento malvado, campamento perverso”.

El periodista español le consulta al barón: “La mayoría de ustedes, el grupo de conspiradores militares, eran aristócratas. Parece que los nazis, con su brutalidad y grosería, les inspiraban un disgusto especial.” El traidor Böselager responde: “Había pocos gentlemen entre ellos. Eran proletariado”.

Al fin aparece la luminosa verdad tras motivos supuestamente humanitarios, como sería evitar la muerte de cinco gitanos sin proceso legal: es un asunto de clase.

Era eso: los nazis eran una masa proletaria (“groseros” y “brutales” son palabras del periodista, educado por Hollywood; no de Böselager, que los conoció en persona). El poder en Alemania había pasado desde las cúpulas aristocráticas al Partido, que representaba a millones de alemanes que no eran aristócratas. En el mismo nombre del partido estaba la clave: Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes. No de los Aristócratas Alemanes. Esa situación era insoportable para una parte de la aristocracia. Era tan insoportable que no dudaron en traicionar al líder más querido de la historia alemana, y al pueblo alemán, realizando innumerables traiciones que causaron la muerte de tres millones de soldados alemanes y tres millones de civiles alemanes durante la guerra, más otros millones después de la guerra. Traicionaron al jefe del Estado porque había sido sólo un cabo austríaco; traicionaron al pueblo porque eran “proletariado”.

Además, frente a ese ejército profesional alemán, conducido históricamente por los aristócratas, había surgido una nueva fuerza armada voluntaria, las Waffen-SS, que asombraron a sus enemigos y a los historiadores militares del futuro, porque además de las armas convencionales tenían otra que no había sido considerada, y que fue muy poderosa: la fe en la visión del mundo nacionalsocialista y la lealtad hacia el Führer. Y para colmo, la mayoría de los hombres de las Waffen-SS ni siquiera eran alemanes.

Sin embargo, debe ser dicho que no todos los aristócratas traicionaron. Muchos “von” cayeron en combate. Y debe ser dicho, a pesar del control de la Historia por parte del enemigo del Nacionalsocialismo, que no hubo traidores entre los soldados y los trabajadores alemanes.

Debe ser dicho que Hitler, que condujo al más formidable movimiento de masas de Europa, siempre proclamó que los nacionalsocialistas no debían constituir jamás una mayoría, pues a él le interesaba que sólo los mejores fueran nacionalsocialistas. Para los demás (para los “proletarios” que aborrecía Böselager) había trazado Hitler un grandioso programa de superación física, intelectual y artística.

Debe ser dicho que jamás hubo deserciones en masa en las unidades alemanas ni de las Waffen-SS, con su gran contingente no alemán, a diferencia de lo que ocurrió entre los “Aliados”, especialmente entre los soviéticos. Jamás se logró formar siquiera una mísera unidad de propaganda antinazi entre los prisioneros de guerra alemanes. Por el contrario, hubo numerosas unidades militares y auxiliares al servicio del esfuerzo de guerra del Reich, formadas por prisioneros de guerra “aliados”, y muchísimos más entre los voluntarios europeos enrolados en las Waffen-SS.

Debe decirse que el intento de golpe de Estado contra Hitler fue rápidamente controlado por oficiales leales, entre los que se destacó el entonces coronel Otto Ernst Remer, comandante de la guarnición de Berlín, que no obedeció las órdenes de los conspiradores de apresar a Goebbels, Gauleiter de Berlín, y se puso en contacto directo con el Führer para verificar esas órdenes, capturando a los traidores antes de que terminara el día.

Debe decirse que la noticia del atentado contra Hitler no causó el derrumbe de ninguno de los frentes. Las líneas alemanas no se movieron un centímetro ese día, ni en el frente oriental, ni en Francia, ni en Italia, ni en los Balcanes. Ni los submarinos renunciaron a su lucha desesperada, ni los aviadores de caza suspendieron su sacrificio en los cielos de Alemania, ni los trabajadores, hombres o mujeres, alemanes o no, dejaron de trabajar hasta la extenuación para entregar a sus guerreros las armas que necesitaban desesperadamente.

El barón tiene razón cuando señala que “matar a Hitler era una cuestión de honor”. En efecto, fue una cuestión de honor, pero en sentido inverso al usual, ya que se trató ni más ni menos que de la traición a las más altas ilusiones de su pueblo y de todos los pueblos que vieron en Hitler al hombre que conduciría el más grandioso cambio social, político e histórico de los pueblos arios.

El traidor Böselager no descansará en paz.


Hoffmann

1 Comments:

Blogger Cortés said...

¿Qué honor?, los traidores claramente no tienen honor.

1:04 a. m., julio 21, 2008  

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